Mujeres pintoras, geniales, que -casi- nunca fueron invitadas a exponer

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Carta del profesor de Arte a la madre de Berthe y Edma Morisot:

«Considerando la personalidad de sus hijas y su talento natural, mi enseñanza podría transformarlas no en simples pintoras de salón, sino en auténticas artistas. Se convertirían en pintoras, ¿se dá cuenta de lo que esto significa? sería catastrófico, casi revolucionario«.

En lugar de hacer caso de la alarma del maestro, Madame Morisot respondió al potencial de sus hijas enviándolas a que siguieran sus estudios bajo la tutela de Joseph-Benoét Guichard, un alumno de Ingres y Delacroix.

Incluso para una artista como Berthe Morisot, que contó con el apoyo familiar y que alcanzaría gran éxito con su obra, dedicar su vida a la pintura supuso un sacrificio enorme: desviarse del rol prescrito como esposa y Madre le costaría muy caro en su vida personal.

Hasta sus colegas pintores la miraban con desdén: Morisot estaba vetada en las tertulias impresionistas del Café Guerbois y del Café de Batignolles.

Hubo dos excepciones que sí supieron apreciar el esfuerzo por expresar la visión femenina a través del Arte y el talento en captar una atmósfera, de luz y delicadeza, y trasladarla al lienzo:
El primero fue Edgar Degas, que como cofundador de las Exposiciones Impresionistas la invitó a exponer desde la primera edición, en 1874!, y fue clave en la difusión y éxito de su obra.
El segundo fue Claude Monet, que se carteaba con ella y la trataba de igual a igual, de colega a colega. De ello daremos buena cuenta en nuestro próximo viaje: Tras los pasos de Monet, au plein air, en la Semana Santa de 2020.

Si Berthe Morisot y otras pintoras de éxito de finales del XIX como Mary Cassatt, Eva Gonzalès o Marie Bracquemond se tuvieron que enfrentar a obstáculos que parecían insalvables, imaginemos por un momento aquellas que no consiguieron salir del anonimato. ¿A cuántas exposiciones fueron invitadas? Y me pregunto ¿qué ha sido de los pintores que fueron invitados en su lugar?.

Hoy les escribiré sobre algunas pintoras que no tuvieron tanto reconocimiento como Morisot.

Todas acumulan tras de sí historias asombrosas. Sortearon un sinfín de obstáculos, algunos comunes como la discriminación de género, otros de carácter personal… el nivel de coraje y perseverancia de las mujeres en el campo de la pintura es insólito y abrieron caminos de fortaleza y libertad, de esperanza y convicción.

No vamos a entrar en la situación actual de la mujer artista. No es el objeto de este artículo. En todo caso basta darse una paseo por cualquier museo del mundo para hacerse una idea.

Hoy vamos a disfrutar del talento y la belleza que algunas mujeres pintoras poco conocidas fueron capaces de alumbrar.

Conviene recordar que la Escuela de Bellas Artes de París no abrió sus puertas a las mujeres hasta 1897: admitió a diez alumnas en un aula segregada y  se les vetaron muchas asignaturas. No empezaron a tener igualdad de oportunidades académicas hasta los primeros años del siglo XX. Aunque pervivió el tabú de la anatomía: no se les permitía estudiar o dibujar un desnudo. Por eso me parece destacable la primera mujer que se autorretrató embarazada: Paula Modersohn-Becker, de la que les escribiré después.

En París hubo algunos Maestros que se adelantaron a su tiempo y ofrecieron lecciones privadas a mujeres en la década de 1870, como el gran Maestro Dominique Ingres.  La célebre Académie Julian creó una sección femenina. Y madres excepcionales como Madame Morisot -y también algún padre, como veremos- tuvieron el valor de apoyar el talento y vocación de sus hijas frente a los tabúes sociales. Estos primeros esfuerzos, encomiables, adolecían sin embargo de una visión miope: era estupendo que una mujer pintara, pero de «sus cosas»: pintura de frutas, de flores sin simbolismo, bodegones, retratos sin profundidad psicológica, escenas de género… nada que se considerara inapropiado o peligroso para aquellas jovencitas, nada que conectara con la expresión interior que un artista necesita hacer aflorar: paisajes de academia.

Y entonces apareció un profesor excepcional, que no distinguía entre hombres y mujeres y que solo se preocupaba por el talento. Él vió que en algunos temas la capacidad de ellas para crear una voz poderosa era muy superior a la de los hombres. Enseñaba sin tabúes: el dominio de la anatomía humana a través del estudio del desnudo es el núcleo de la formación en Bellas Artes, desde la Grecia clásica al Renacimiento: Armonía, energía, éxtasis, pasión y Pathos (la íntima emoción presente en una obra de arte que despierta otra similar en quien la contempla).

Su nombre es difícil de olvidar: Charles Chaplin, aunque no tenía ninguna relación con el genial cineasta. Nuestro Chaplin fue un pintor francés con un gran dominio de todas las técnicas que dedicó gran parte de su tiempo a formar específicamente a mujeres talentosas de todo el mundo: las ya citadas Mary Cassatt y Eva Gonzalès, Louise Abbéma, Marie Nicolas o Louise Jopling.

Como tutor, no solo les trasladó sus técnicas, sino también la forma de captar y plasmar la realidad a través del color y la luz, la visión del Arte como forma de expresión, como artistas y como mujeres. Chaplin adoraba a una alumna por encima de todas las demás: su sobrina Élisabeth Chaplin, pero él falleció prematuramente cuando ella era aún niña. No pudo enseñarle su soberbia técnica del pastel, el grabado, el óleo o la acuarela, pero sí llegó a transmitirle su pasión por la pintura.

Sin más, les propongo iniciar ya esta recolección -que no inventario- de mujeres pintoras inolvidables con ella. Esto es solo un comienzo y nuestro método será el habitual: el puro azar. Ni cronología ni estilos.

Me comprometo -porque estoy disfrutando de lo lindo- a ir ampliando la relación de pintoras maravillosas que casi nunca fueron invitadas a hacer una Exposición.


Élisabeth Chaplin (1890- 1982)

1921

Tras el fallecimiento de su tío Charles, se mudó a la Toscana italiana con su madre Marguerite de Bavier-Chauffour, poeta y escultora. En Florencia dedicó su vida a estudiar el Renacimiento. Su pintura alcanzó una delicadeza asombrosa cuando incorporó el color Nabis a su influencia clásica. Participó en el Salon de París de 1922, los críticos del momento ni la citaron.

Donó toda su obra al Palazzo Pitti de Florencia, donde se llega a empatizar tanto con ella que a veces parece que nos guiña un ojo cómplice desde su autorretrato.


Hilma af Klint (1862–1944)

«…le dijo que ocultara aquellos cuadros durante cincuenta años más, porque nunca serían entendidos.»

Ni Mondrian, ni Kandinski crearon el arte abstracto, sino ella. Y además con obras que formaban un corpus bellísimo, evocador, coherente y poderoso. Cuando trató de dar a conocer su trabajo la tildaron de loca y ante la amenaza de ser internada en un manicomio (luego veremos que no era una amenaza vana ni insólita) decidió seguir pintando en secreto. Nunca más compartió su pintura abstracta con sus contemporáneos, trabajó con delirio, infatigable, fue guardando su obra en un almacén y quiso que se ocultara del mundo hasta que la sociedad estuviera lista para ella.

series de 1907

Nacida cerca de Estocolmo, pudo estudiar en la Academia Sueca de las Artes, uno de los pocos centros que admitían a mujeres en toda Europa, y adquirió una base técnica muy sólida. Fue tan adelantada a su tiempo que concibió el arte abstracto desde un punto de partida expresionista, como un lenguaje en sí mismo, a finales del siglo XIX !… a diferencia de Mondrian y Kandinski que llegaron a la abstracción entre 1911 y 1914 siguiendo un proceso que iba disolviendo la realidad. Maravilloso, pero distinto y posterior.

Su visión revolucionaria del Arte sobrevino cuando se vio invadida por una sensibilidad especial, tras la terrible experiencia de acompañar en la agonía a su hermana de diez años. Desde ese momento se obsesionó, como mujer y como pintora, por la espiritualidad y el esoterismo, que por otra parte estaban muy en boga en la época. A partir de 1899 estalló el psicoanálisis de Freud con «La interpretación de los sueños» y también se interesó por la psicoterapia (como haría Pollock en los años 40 antes de llegar al Action Painting).

En aquellos años de irrupción sobrenatural, muchos artistas buscaban ser recibidos por Rudolf Steiner, el fundador de la Sociedad Teosófica. Mondrian, por ejemplo, no lo consiguió nunca. Pero Steiner sí quiso conocer la producción secreta de af Klint: cuando la vio, le dijo que ocultara aquellos cuadros durante cincuenta años más, porque nunca serían entendidos.

Y así lo hizo, dejó instrucciones a su sobrino para que no abriera su almacén secreto hasta veinte años después de su muerte. Cuando llegó el momento de abrir aquel almacén de «su tía loca» se encontró con 1.200 pinturas, un centenar de escritos y 26.000 páginas de notas. Estuvo a punto de tirarlo todo a la basura.

El año pasado el El Guggenheim de NY batió todos sus récords históricos de visitantes con la Exposición Antológica dedicada a Hilma af Klint y que tituló «Pinturas para el Futuro«. Les dejo dos enlaces de Youtube. La narración es inglesa, si no la entienden quiten el audio y disfruten del espectáculo.

af Klint desarrolló una sensibilidad especial que supo plasmar en sus lienzos, con grandes formatos abstractos y una combinación de colores extraordinaria. Una extensísima obra en la que fue capaz de mostrar lo invisible y lo eterno, donde no hay vida ni muerte sino ciclos y transiciones.

(Disponible en nuestra tienda online la reproducción de «Group IV, The Ten Largest, No. 7, La edad Adulta», óleo de 1907 de Hilma Af Klint: Ver en la tienda )

Guggenheim de NY «Pinturas para el Futuro», Youtube:

Serpentine Gallery, Youtube:


Sarah Bernhardt (1844-1923)

Tod@s la conocemos, una de las grandes actrices de todos los tiempos, la gran dama del teatro de París, de la Belle Époque… pero su verdadera vocación era la escultura y la pintura. Llegó a tener estudio en Montmartre, en el boulevard de Clichy, 11.

Cuando su obra se mostró en la Exposición Universal de París, en 1900, recibió furiosos ataques e insultos por parte de la prensa. ¿El motivo?: Lo «inapropiado» de esta segunda actividad (y talento) para una mujer. Aún más doloroso para ella, los más importantes escultores de la época, con Rodin a la cabeza, tacharon su trabajo de simplista, anticuado y superficial. Juzguen Ustedes con este alto relieve en mármol, «Ophelia», de 1880, col privada.

 

Emile Zola salió en su defensa: «¡Qué gracioso! No contentos con encontrarla delgada o declararla loca, quieren regular sus actividades diarias, … Dejemos que se apruebe una ley de inmediato para evitar la acumulación de talento». Pero sus allegados la convencieron para que no volviera a exponer en público, ante el grave riesgo que corría su carrera como actriz.

Siguió trabajando en secreto hasta el final de su vida: pintura, escultura, grabados… y protegió a otros artistas como a Alphonse Mucha recién llegado a París, quien después la inmortalizó en algunos de sus más hermosos carteles. Por este y otros motivos, tituló su autobiografía como «Mi Doble Vida«.


Maria Bashkirtseff (1858-1884)

¿Un autorretrato leyendo? ¡Sacrilegio! Bashkirtseff tuvo una vida brevísima y apasionante. Con un talento innato para las Artes: pintura, escultura, música… alcanzó la fama como escritora con su diario íntimo, que Simone de Beauvoir calificó de «un modelo en su género«. Lleno de coraje, permite seguir la trayectoria de su breve existencia consagrada a las artes: «me basta escuchar una obra maestra como la marcha de Chopin, por ejemplo, o la de Beethoven, para sentirme atrapada, poseída por el deseo de tocarla«.

El prólogo a una vida creativa que no tuvo lugar. «Autorretrato tras un libro» Museo de Járkov, Ucrania.


Virginie Demont-Breton (1859-1935)

Inspiró al mismísimo Van Gogh. Vincent vió una obra de ella en una postal, en blanco y negro, y quedó fascinado por el coraje y sensibilidad que le transmitía. Fue durante su estancia en el sanatorio de Saint-Rémy. Decidió copiarla con su propio universo de color y la tituló «El hombre está en el mar (after Demont-Breton)». La consignó a su hermano Theo por carta de 6 de septiembre de 1889 y aunque pertenece a una colección privada se ha expuesto en alguna ocasión, así que la obra más conocida de Demont-Breton no es suya, sino de Vincent.

Aquí les traigo una tela de Virginie: «¡Al Agua!», Museo de Antwerp, Bélgica.


Juana Romaní (1867–1924)

1893

Su caso es peculiar porque ella sí llegó a exponer -y con regularidad- entre 1888 y 1904 en el Salón de París (el salón de la «Sociedad de Artistas Franceses»), después de haber posado como modelo en su adolescencia y haber deslumbrado en muchos talleres cuando era ella la que se acercaba al caballete. Aunque le asignaban los espacios más desfavorables del Salón el público se entusiasmó con sus excepcionales retratos que pintaba directamente sobre el lienzo sin bosquejo previo, un talento natural rarísimo. Su carrera fue fulgurante desde los 19 años y se hizo habitual vender muchas telas antes incluso de terminarlas.

La particularidad de su historia vino después: a medida que este Salón oficial se segregaba en otros más modernos y vanguardistas, como las «Exposiciones Impresionistas» que hemos citado o el «Salón de Otoño», fueron los propios pintores los que la vetaron. ¿El motivo?: Si la envidia fuera tiña… haberse convertido en la pintora de moda en el París de la la Belle Époque le dejó muchas cuentas personales pendientes.

Su reacción visceral tuvo la consecuencia más temida: fue inmediatamente internada (el mismo 1904) en un manicomio hasta su muerte. Recluida siguió pintando, pero la obra desapareció. Y sus pinturas anteriores también se esfumaron de los manuales de historia del arte.

En su lápida de Suresnes, el cementerio llamado Voltaire, hay un medallón extraordinario con su retrato, anónimo, realizado por algún escultor excepcional que sí la mantuvo en su memoria.


Ethel Wright (1866–1939)

Otro caso paranormal de olvido colectivo, pues incluso sus obras en manos públicas están habitualmente en los almacenes y no en exposición.
«Bonjour, Pierrot», 1892 (Galería Oldham, en Greater Manchester), un óleo casi humorístico: fíjense en la mirada del perro, esperando la reacción del pierrot.


Elena Kiseleva (1878-1974)

Se formó en la Academia de Arte de San Petersburgo y su graduación se celebró con un gran homenaje de su ciudad natal, Voronezh. Sus profesores escribieron al gobierno acerca de su asombroso talento, con el mítico Ilya Repin -una institución en Rusia- como primer firmante, y se convirtió en la primera de tantas mujeres pintoras rusas en poder continuar su formación en el extranjero, becada: París, Viena, Roma, Munich…

Sus retratos de mujeres, brillantes, con un sentido de la armonía fascinante, destilan inteligencia. Solo una mujer puede pintar así a otra mujer.

Maroussia

En la década de 1910 el éxito le acompañó con exposiciones por toda Europa mientras la prensa escribía sobre aquel talento excepcional. ¿Qué podía truncar aquel sueño que se hacía realidad en cada nuevo lienzo?: el mal ojo con los hombres. Su primer marido se convirtió en un playboy mundano, dedicado a los placeres y frivolidades de una vida social cuyo epicentro eran los automóviles extravagantes. No solo dilapidó la pequeña fortuna que ella se había ganado, sino que las deudas en hipódromos se convirtieron en un gran problema. Ahora Kiseleva ya no afrontaba el lienzo en blanco desde la creatividad y la pasión por la pintura, sino desde la necesidad de pagar enormes e insólitas facturas.

Tuvo un segundo marido más tranquilo… pero que no aceptaba de ella otro rol distinto al de esposa y madre. En 1917 obtuvo una plaza de profesor en Odesa la confinó allí, lejos de los círculos artísticos que bullían en las Vanguardias. Su pasión artística se evaporó entre enfermedades de sus hijos y coladas de ropa. Su antiguo profesor, el célebre Ilya Repin le escribió: «No puede ser verdad que dejes de pintar, nunca lo hubiera imaginado, tienes demasiado talento para ello, deseo que nos hagas felices pintando nuevos trabajos«. Ella le contestó (1921): «Todo en la casa recae sobre mí, estoy sobrepasada. Y ya nadie está interesado en la artista Kiseleva, ya nadie me invita a exponer«.

Arriba : «Maroussia» pintada en París en 1913, Museo Kramskoy, Voronezh (Rusia). Este museo conserva la mayor colección de su obra, tiene una galería dedicada a ella y organiza retrospectivas en todo el mundo.

Abajo: La profundidad de un bosque a través de pequeñas manchas de color, con largas pinceladas solo al alcance de un talento excepcional. Kiseleva no retrata dos damas, sino que nos sumerge «En el Parque», 1908.

En el Parque, 1908

 

 

 

 

 

 

 

 

Continuará… Como dice nuestro amigo Vicent Ibiza -no se pierdan sus conferencias sobre el Arte y la Mujer, habitualmente en Valencia-  «porque ellas siempre han estado ahí«.

También hubo, por supuesto, muchos casos en España y América Latina, y aunque sus rastros son todavía más delgados, les prometo seguirlos con la misma perseverancia que ellas nos legaron.

Créditos: Texto revisado y corregido por Pedro Riera.
Premio Edebé de literatura juvenil, con quién publicó la ya célebre trilogía «Hombre lobo«.
Su obra más reciente es el libro-cómic «Intisar en el exilio» el retrato de una mujer moderna yemení, Ed.Astiberri.

 

 

 

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